El hecho de no constituir uno de sus objetivos no libra a las tortugas marinas de los anzuelos de la flota palangrera. Cada año, entre 20.000 y 40.000 ejemplares son capturados accidentalmente en aguas del Mediterráneo y el que posteriormente sean devueltos al mar no les garantiza la supervivencia.
Estudios realizados con algunos de estos ejemplares han demostrado que al menos el 30 por ciento de las tortugas devueltas al agua acaban pereciendo a consecuencia de las heridas sufridas.
Así lo afirma el director de la fundación Oceana en Europa, Xavier Pastor, quien estima que los efectos de esta tendencia sobre la población de tortugas bobas, una especie amenazada, podrían ser preocupantemente constatables en no más de una década. La actividad de pesqueros centrados básicamente en especies como el pez espada o el atún está repercutiendo de manera muy nociva en la población de tortugas.
Calcular sobre qué cifras gravita la población actual de esta especie «es muy complicado», afirma Pastor, aunque señala que «sorprendentemente, la tortuga marina está aguantando bien» a pesar de los riesgos a los que debe enfrentarse a diario. Oceana ha comprobado cómo los palangreros capturan alrededor de una docena de tortugas cada día.
Eso sí, el número de capturas está condicionado por dos importantes variables: la zona y la época del año. Los periodos en los que es mayor el número de ejemplares capturados son los que coinciden con la temporada estival «entre las 8 y las 12 de la mañana». La zona más prolífica en capturas es la del Seco de Palos, una montaña submarina situada al sur de Formentera. Allí es donde cae alrededor de un 70 por ciento de las tortugas.
Los anzuelos
La supervivencia del animal, señala Pastor, depende del lugar y la profundidad a la que se haya clavado el anzuelo: «Si le alcanza un punto delicado como un pulmón o el corazón es casi seguro que morirá».
Estudios de acuicultura realizados en piscinas determinaron que en tres de cada 10 ocasiones esas heridas resultan mortales. Los ácidos que producen los animales pueden llegar a corroer el metal y eliminarlo por completo. Otras veces, lo defecan.
Las cifras de tortugas capturadas deben evaluarse teniendo en cuenta que un determinado tanto por ciento de los ejemplares cazados repiten experiencia dos o tres veces en un año, como advierte Pastor: «Se han encontrado ejemplares con dos o tres anzuelos en el cuerpo».
Al hilo de este apunte Pastor señala que se podría minimizar el daño que sufren los animales si se cambian los anzuelos en forma de J, más letales, por los que tienen forma de G. De toda manera, aunque la lógica indica que éstos son menos perjudiciales habría que comprobar el efecto real que tienen sobre las tortugas y si efectivamente se reduce con ello el número de ejemplares muertos.
La tortuga boba es la especie de tortuga marina más común en el Mediterráneo. Las otras especies (existen un total de siete en todo el mundo y todas están amenazadas) que pululan por nuestras aguas no alcanzan el 5 por ciento del total, (como la tortuga laúd) por lo que son poco representativas, señala Pastor.
A pesar de que las características físicas son idénticas, los expertos dividen la especie según cual sea su procedencia. Una de las poblaciones de tortuga boba proviene del este del Mediterráneo, de Turquía, Chipre, Grecia y el Líbano, mientras que la otra llega de Florida, Venezuela y el Golfo de México.
«En condiciones normales pueden vivir entre 70 y 80 años», afirma Pastor. La intensa actividad de los palangreros -sobre todo los pertenecientes a flotas españolas; se producen capturas de italianos y griegos pero éstas son menores- dificulta que se puedan alcanzar esas cotas.
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