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Categoría: Historias

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Descripción corta: Partimos de la ciudad a las cuatro y cuarenta de la madrugada, rumbo a Isla Grande.....

Partimos de la ciudad a las cuatro y cuarenta de la madrugada, rumbo a Isla Grande. La misión era convertirnos en verdaderos sobrevivientes. En esa ocasión no llevamos ni víveres, ni dinero. Sólo unas ganas inmensas de experimentar una situación sin comodidades de ninguna clase. El único en disposición de conseguir alimento era yo; llevé todo el equipo de pesca submarina para ese propósito. Mis dos amigos me ayudarían desde el bote.

Después de haber recorrido un camino sin escollos llegamos a La Guaira, punto de partida hacia la tan visitada Isla Grande. A las siete y cinco de la mañana tomamos el primer bote del muelle y zarpamos hacia la isla.

Mientras navegábamos la ruta observábamos atónitos el oleaje amenazante que se nos presentaba como precaución. Anclamos finalmente frente a la casa del conocido pescador "Afita", isleño nativo de esa región atlántica y un viejo lobo de mar. Lo abordamos con el fin de que nos condujera a buenos lugares de pesca. Inesperadamente cortante nos respondió que era un mal día para ir de pesca. En ese instante pensé en dos razones por las que nos habría dicho eso: debido al campeonato de surf, el cual atraía a muchos foráneos al lugar; lo cual significaba mucho dinero para él. O quizás, era la viva voz de Neptuno diciéndonos que el mar no estaba en condiciones de recibirnos. Tal vez por mi espíritu indomable me decidí por la primera razón y desistimos ir con él.

La próxima opción fue Pancho. Pensé que habiamos corrimos con suerte, pues nadie después de él nos hubiera llevado. Este joven, de contextura delgada y medio cegato, nos sorprendió por su falta de embriaguez, lo que suponía indicios de buena suerte.

"Leven anclas muchachos, vámonos ya", gritó. Nos encauzamos hacia el primer sitio.

El paraíso coralino quedaba ubicado a más de media hora de la isla. Al fin llegamos. Seguidamente debíamos entrar por un estrecho canal natural entre la pared de corales y el bravío oleaje que la protegía.

Pancho me dejó en el lugar indicado, luego dirigió el bote hacia mar abierto. Fue una decisión correcta, ya que debía cuidarse de no quedar atrapado en ese mortal pandemónium.

Mi primera inmersión fue de reconocimiento. Entré en una grieta submarina parcialmente iluminada por la poca luz que se filtraba desde un hoyo en el coral de la pared superior de la cueva. Había múltiples peces tropicales nadando en su interior. Una cantidad indescifrable de sardinas me alertaron sobre los voraces pargos rojos, los cuales al final pasarían a ser el objetivo de mi arpón, "rifee". Sin tiempo que perder me impulsé hacia la superficie y pensé en la estrategia que utilizaría para entrar y salir de la cueva sin lastimarme y mucho menos crear un revoltijo de arena.

Sintiendo mis pulsaciones bajar me sumergí por segunda vez a una profundidad de cuarenta pies, sin embargo el interior de la cueva se extendía peligrosamete más.

Todo estaba negro, oscuro, como un vacío. Súbitamente, a causa del oleaje, la cueva permitió la entrada de tenues rayos solares. Para mi sorpresa admiré un auténtico desfile submarino de pargos, entre quince y veinte libras. Viéndolo de otra forma parecían un cardumen hambriento con armaduras rojas y ojos sobresalientes. Estos colosos ni se inmutaban por mi presencia, posiblemente a causa del efecto contraluz.

Adelanté mi arpón de tres ligas, no sin antes descargar dos de ellas, puesto que la potencia del disparo podría herirme a causa de lo cercano que se encontraba de mi rostro. Sigilosamente seguí descendiéndo cada vez más. Ya sin idea de la profundidad, ni de la falta del preciado oxígeno me quedé quieto y esperé que alguno de estos ejemplares se acercara a su destino. Y… "WUZZZZ". Como por arte de magia se despidió la luz y no moví una pulgada de mi cuerpo. Derrepente…, "ZINGGGGG". Consumí un certero disparo y ví un tremendo pargo irremediablemente atravesado por la varilla inoxidable de mi arpón.

Poco después me dispuse a salir halando la línea que traía la deseada presa. Una vez afuera de la grieta observé como el pargo se desgarraba por el lomo y se iba herido devuelta a su nicho. Desesperadamente lo bucié para ensartarlo con mi cuchillo. El pez desapareció al entrar a la cueva, y sin darme por vencido me interné más en ese vacío. Llegó la luz, cómplice de mi cacería, y sin darme por enterado cerró mi vía de escape una impresionante anguila morena, muy respetada por su feroz mordida. La divisé a medida que movía la cabeza hacia la salida. Con mi filoso cuchillo logré rasgar la parte superior de su cabeza, esto me dio varios segundos de ventaja antes de que reaccionara. Pude ver que medía más de dos metros, sin hacerle justicia, ya que en esa clase de parajes inhóspitos dichas especies pueden vivir hasta cien años y medir hasta tres metros. Por fin reaccionó. Yo me preparé para la mordida y sabía que debía usar toda mi astucia para desacerme de este animal. En vista de su ataque, ya sea a su agresor o a su presa, se enrosca afanosamente sobre este con la misión de retenerlo.

Entonces…, "ÑÑACC". Mordió mi chapaleta izquierda, pero en su extremo inferior. El alivio me llegó al corazón, más no a los pulmones, pues estaba sintiendo los primeros indicios de asfixia por mantenerme demasiado tiempo en apnea. Pronto observé el bello y radiante resplandor de la superficie. Exploté casi desfallecido.

Luego de recoger mis miedos, esparcidos por todo el bote, decidimos navegar hasta otro buen lugar. Nuestro destino era un salvaje lugar llamado Cañón Ciego, habitad de los magníficos tarpones o sábalos reales. Por supuesto este viaje prometía mucha emoción y cacería, pero esa es otra historia.

Por: Gustavo Cedeño J.



De: lapescasubmarina
Autor: Gustavo Cedeño J.
E-Mail: Enviar E-Mail
Añadido: Marzo 01, 2005
Modificado: Febrero 28, 2012
Visualizaciones: 2160
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Elfrailesub hace este comentario:
parese de película esa historieta

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