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CategorŪa: Historias

- HOMO DELFINICUS -

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Descripciůn corta: Relato con unas cuantas moralejas referido a la vida del pecasub...

¬ŅC√≥mo olvidar aquel momento trascendental, √ļnico en la vida, en que tom√© conciencia real y aplastante de la verdadera raz√≥n por la que estoy aqu√≠ en este mundo? No me refiero para nada a razones filos√≥ficas ni dem√°s tonter√≠as que explican, o tratan de explicar, nuestra presencia en este mundo. No. Me refiero a la VERDADERA raz√≥n. Esa que en tu velorio alguien dir√°, entre compungido y extra√Īado: Fulano era buena gente, pero resulta que vino al mundo s√≥lo para....... Esa es la raz√≥n de la que estoy hablando.

Reci√©n ahora, que he superado largamente el medio siglo de vida me vengo a dar cuenta de √©sa, la √ļnica verdad y no las dem√°s bobadas que alguna vez pens√© eran las aut√©nticas. Entonces ten√≠a ya mis buenos 24 a√Īos de edad, hab√≠a formado una familia con hija incluida, una profesi√≥n, un trabajo y las responsabilidades que todos esperan de una persona de ‚Äúmi condici√≥n‚ÄĚ, as√≠, en comillas. De modo que, cuando un grupo de amigos de mi hermano menor me invitaron a una excursi√≥n de pesca, acept√© de buen grado. Ser√≠a refrescante compartir unos d√≠as con esa banda de ‚Äúsimp√°ticos muchachos‚ÄĚ, como dec√≠a mi mam√°, pero que cuando se encontraban en grupo se mostraban como lo que realmente eran: una banda de pandilleros.

Yo me hab√≠a iniciado, por cuenta propia, en los secretos del buceo en apnea. En una actividad necesariamente grupal, las ‚Äúobligaciones‚ÄĚ a que hice menci√≥n antes, me forzaron a tomar el buceo en forma muy superficial, un complemento a mis salidas a la playa con la familia. Como buceaba en solitario, lo hac√≠a de acuerdo a mi buen entender y sin esforzarme demasiado, en zonas de mar seguro y con muy poca profundidad, nunca m√°s de tres metros. Era s√≥lo un vacil√≥n.

En esos inicios, la necesidad me forz√≥ a ‚Äúinventar‚ÄĚ algunos admin√≠culos para facilitar la caza, como la traba para colgar los pescados y la boya para marcar el sitio, que ya estaban recontra inventados. De modo que result√© no inventando la p√≥lvora sino inventando uno de los ingredientes que servir√≠an para inventar, algunos siglos despu√©s, la p√≥lvora. Asimismo, como los √ļnicos peces que conoc√≠a eran la humilde pintadilla y el cachaciento trambollo (ambas especies eran en esa √©poca tan numerosas y cosmopolitas que se las encontraba por todas partes. No me hubiera sorprendido encontrarlas incluso fuera del agua, digamos, tomando el solcito en un parque). As√≠ pues, el d√≠a que me encontr√© con una manada de grandes loros que galopaban cerriles y atrevidos hacia m√≠, pues simplemente me hice a un lado y los dej√© pasar. ¬°No sab√≠a si eran o no comestibles! Qu√© me iba a imaginar que, pasados los a√Īos, me convertir√≠a en uno de los m√°s grandes ‚Äúloreros‚ÄĚ (no es exageraci√≥n, modestia aparte) que han conocido nuestras costas benditas.

La falta de conocimientos y de alguien que me orientase hicieron que, a pesar de no tener problemas econ√≥micos, el equipo que usaba fuese francamente deficiente. Por ejemplo, mi fusil era un simple juguete de pl√°stico, peque√Īo, de una sola liga y con varilla de tridente. Para aumentar su potencia y la distancia de disparo, yo le pon√≠a dos y hasta tres ligas, lo que originaba que el gatillo se endurec√≠a tremendamente, por lo que ten√≠a que disparar con ambas manos, ayudando con el √≠ndice de la mano izquierda el disparo que hac√≠a con el √≠ndice de la mano derecha, Y a√ļn as√≠, muchas veces la varilla estaba tan atrincada que no sal√≠a el tiro, o sal√≠a hacia cualquier parte. Entonces ten√≠a que descargar una liga y, por supuesto, perder la presa que se iba muri√©ndose de risa mientras me ve√≠a en esos trances de tratar de descargar el arp√≥n de una de sus ligas, maldiciendo y pujando.

S√≥lo pescaba al paso, es decir, agarraba al pescado que fuese tan est√ļpido de ponerse en mi camino y no huir, o que estuviera distra√≠do, o dormido - y siempre que el arp√≥n no se atracase... No sab√≠a lo que era pescar buscando dentro de las cuevas, agujeros y grietas (¬°Qu√© miedo!). Y a√ļn as√≠, la pesca no faltaba y no recuerdo haber llegado nunca a casa sin algo de pesca, a pesar de que la mayor√≠a de mis historias eran sobre peces que se hab√≠an escapado.... As√≠ pues, esta actividad era divertida, agradable, ten√≠a recompensas en la mesa y en fin, me dejaban despu√©s de practicarla una sensaci√≥n amable. Pero nada m√°s. Nada que ver con lo que, sin saberlo yo, me esperaba muy pronto, y menos que se relacionase con lo que mencionaba al principio, sobre las razones existenciales etc.

Volviendo a nuestro tema, la excursi√≥n de pesca era a una playa situada a m√°s de 300 km de Lima, llamada La Gramita, entonces desconocida para todos nosotros y que desde entonces pasar√≠a a ser parte de mi existencia. He seguido visitando ese sitio por m√°s de 25 a√Īos, y aunque ahora lo hago con menos frecuencia, su recuerdo siempre est√° presente en mis d√≠as y en mis sue√Īos. El dato se lo hab√≠an dado a Gonzalo, el gran pescador submarino del grupete de marras y pues, all√≠ √≠bamos todos. Nos acomodamos los seis u ocho, mas los equipos de pesca y las provisiones para tres o cuatro d√≠as, en una gran camioneta de color rojo que por entonces ten√≠amos. Sent√≠ una gran alegr√≠a al salir: hac√≠a m√°s de un a√Īo que me hab√≠a dedicado a la vida de casado y en ese tiempo no supe lo que era estar un d√≠a alejado de mi papel de esposo, padre, profesional etc. Volver a ser un muchacho m√°s era agradable y rejuvenecedor.

Llegamos a La Gramita luego de un viaje largo y cansador, ya bien entrada la noche. Armamos carpas y nos fuimos a dormir. A la ma√Īana siguiente, un solo vistazo me (nos) dej√≥ una impresi√≥n paralizante: era la playa so√Īada. Donde estaba asentada la carpa era una playa de arena de conchuela, blanca como la nieve. Los √ļnicos seres que la poblaban eran unos cangrejos y algunas gaviotas. La cercaba por un lado una serie de rocas oscuras que se adentraban en el mar y por el otro lado, a cierta distancia, una peque√Īa y atareada caleta de pescadores. El mar, tranquilo y de un azul intenso ten√≠a cerca de la orilla una impresionante cantidad de algas y sargazos. Desde una distancia de pocos metros de la orilla hasta unos 500 metros mar adentro se ve√≠a una gran cantidad de rocas, bajas e islillas. Todos estos elementos hac√≠an presagiar una pesca abundante, pues constituyen el escondite y vivienda habitual de los peces.

Desconozco la raz√≥n por la que ese d√≠a memorable s√≥lo entramos al agua Gonzalo y yo, siendo ocho o mas los supuestos ‚Äúcazadores submarinos‚ÄĚ en el grupo. ¬ŅPor qu√© los dem√°s no lo hicieron?. Bueno, sea como fuere, lo real es que as√≠ fue. Gonzalo se desesperaba por ser el primero en entrar. Yo me preparaba con tranquilidad y sin apuro, total, cada loco con su tema. A los pocos instantes me enter√© de la verdadera raz√≥n. Est√°bamos entrando al agua por una especie de laguna de mar (la laguna de Demetrio) conectada con el mar abierto mediante una bocana, y resulta que esta dichosa laguna estaba llena de unos hermosos lenguados, que l√≥gicamente eran s√≥lo para el primero en entrar. Para los que entraban despu√©s s√≥lo quedaba la cama de arena donde hab√≠an estado durmiendo estos bichos, que, o hab√≠an sido pescados por el miserable de Gonzalo o ya hab√≠an huido.

Lecci√≥n n√ļmero uno: Ser siempre el primero en entrar al agua. Y si no eres el primero, entra por otro lado. P√°rrafo aparte merece el nombre de la laguna esa, la de los lenguados. Result√≥ que era el hogar de un tibur√≥n (tollo, dec√≠an otros) con el que nos encontramos varias veces, y que nos hizo pegar unos horribles sustos. Como el escualo era de metro y medio, alguien lo bautiz√≥ como Demetrio, y con ese nombre se qued√≥. Nunca ninguno de nosotros se quiso meter con √©l, y un d√≠a desapareci√≥ de la laguna. Probablemente no le agradaba la compa√Ī√≠a.

Siguiendo con la historia, cuando alcancé a Gonzalo, ya tenía en la traba que llevaba en la cintura como ocho grandes lenguados. En esos tiempos yo hubiera dado un brazo por pescar tan sólo uno de ellos. Y encima el tarado me sacaba cachita y se reía de felicidad dentro del agua, haciendo burbujas. Atravesamos la laguna y salimos mar afuera. Yo no me despegaba de él.

Lecci√≥n n√ļmero dos: sigue al que sabe. Mi inicial molestia de pronto se convirti√≥ en admiraci√≥n por lo que ve√≠a en ese mar maravilloso, profundo, plet√≥rico de vida. Es cierto que el mar peruano no es de las aguas l√≠mpidas y transparentes de otras latitudes, pero esa misma turbidez caracter√≠stica es la fuente de su incre√≠ble riqueza en vida marina. La cantidad y calidad de vida submarina de nuestro mar no tiene rival en el mundo, es irrepetible. Sent√≠ que bucear en esta agua era vivir, sentirse libre y espiritualmente superior, conocer por fin mi verdadero ambiente natural, aquel que s√≥lo hab√≠a intuido vagamente en sue√Īos. Hab√≠a perdido el lastre que significa el peso de mi propio cuerpo y su atadura a la ley de la gravedad, permiti√©ndome la fantas√≠a de volar. Por momentos, algunos escasos y m√°gicos momentos, me fue permitido asimilarme de tal forma a ese medio que incluso me olvidaba de respirar...

Nos dirigimos a una de las numerosas islillas que hab√≠a por ah√≠ cerca. En la punta norte de una de ellas me sumerg√≠ y, rodeado por un paisaje submarino digno del mejor acuario del mundo, me encontr√© con una mancha de veinte o treinta peces de buen tama√Īo. En la superficie, a gritos le pregunt√© a Gonzalo, que estaba a unos 50 metros, si esos peces negros con puntitos amarillos eran comestibles, a lo que √©l contest√≥ con gritos desesperados que ten√≠a que verlos primero para saber, que no me moviera y que lo esperara. Fue suficiente para m√≠.

Lecci√≥n n√ļmero tres: Haz lo contrario de lo que te diga Gonzalo. Inmediatamente me sumerg√≠ y le dispar√© al m√°s grande y gordo del grupo. Total, pod√≠a escoger a gusto pues ni se espantaban de m√≠. El bicho result√≥ d√°ndome bastante pelea y me hizo sufrir para sujetarlo, controlarlo y ensartarlo en la traba que colgaba de mi boya. Cuando termin√© levant√© la vista y me di cuenta que la corriente me hab√≠a arrastrado como 100 metros, y Gonzalo gritaba desesperado d√≥nde estaba el maldito sitio que no lo encontraba. Luchando contra la corriente la remont√© y volv√≠ a encontrarlo. Entonces me sumerg√≠ y at√© la punta del cordel de la boya al tronco de un alga, fijando as√≠ el lugar. A√ļn cansado volv√≠ a sumergirme y agarrar otro buen pescado. Esta vez fue m√°s f√°cil pues la boya era un buen punto de apoyo y permit√≠a descansar, entre pescado y pescado, agarrado de ella. En ese momento lleg√≥ Gonzalo y comenz√≥ la carnicer√≠a. Yo le llevaba la cuenta: por cada uno que cazaba √©l yo cazaba otro, y as√≠ hasta el final. Claro que, como √©l no ten√≠a boya ensartaba sus presas en mi traba para que no lo arrastrara la corriente, y yo me sent√≠a muy complacido de estar proporcionando una tan √ļtil ayuda a mi ‚Äúcompa√Īero de pesca‚ÄĚ.

Esta no es otra lecci√≥n, sino un pensamiento: ‚Äú¬ŅPor qu√© habr√© sido tan idiota?‚ÄĚ. La pesca fue buena y muy emocionante, pero lo que fue realmente trascendente para m√≠ y que provoc√≥ el cambio mencionado sobre mi papel en esta vida fue ese contacto con un medio tan diferente y, desde entonces, tan √≠ntimamente familiar para m√≠. Nada que ver con mi experiencia inicial (no muy larga) en el mundo submarino, en esos lugares seguros pero poco interesantes en los que hasta entonces me hab√≠a desarrollado. En este lugar, l√≠mpido, silencioso, profundo, intemporal, explosivo en vida, me sent√≠a perteneciente a √©l. Pod√≠a bucear como si nunca en mi vida hubiese hecho otra cosa. Me sorprend√≠a a mi mismo por la desenvoltura con que me mov√≠a y por la familiaridad que sent√≠a. Hab√≠a zonas de agua muy limpia en que incluso me olvidaba que estaba en el mar y cre√≠a estar en el aire, volando. Pod√≠a con un ligero impulso de mis aletas moverme en todas las direcciones en el plano horizontal, pero lo asombroso era que tambi√©n, al s√≥lo impulso de mi mente, moverme en el plano vertical: como las aves pod√≠a ‚Äúvolar‚ÄĚ, subir y bajar a mi antojo. Si encontraba un peque√Īo precipicio no me provocaba ninguna sensaci√≥n de v√©rtigo: al contrario, me llamaba a explorarlo para ver qu√© hab√≠a en el fondo. As√≠ pues, simplemente doblaba la cintura, daba un impulso con las aletas y me dejaba caer, despacio y en forma maravillosa. Me pod√≠a detener si quer√≠a, volver a seguir bajando o subir. As√≠ de f√°cil, con s√≥lo desearlo. Hab√≠a derogado la ley de la gravedad y ahora era realmente libre.

El regreso a la costa me devolvi√≥ un poco a la realidad: Ya se acercaba la noche, la carga era tremendamente pesada y el avance muy penoso. Llegamos a la playa entre los v√≠tores y la felicidad de nuestros compa√Īeros, que no esperaban ni por asomo que hubi√©semos conseguido tal bot√≠n: Aparte de los ocho lenguados de Gonzalo hab√≠a como treinta loros de entre dos y cinco kilos cada uno: 150 kilos del mejor pescado que existe en el mar peruano!!!. Hasta aqu√≠ lo bonito. Yo segu√≠a encandilado, idiotizado por la experiencia que acababa de vivir, y casi caminando sobre nubes. Lo mundano ya me era ajeno. Lo feo vino a continuaci√≥n: result√≥ que pr√°cticamente toda la pesca hab√≠a sido hecha por Gonzalo. Al menos, as√≠ lo dec√≠a √©l. Condescend√≠a en reconocerme dos pescados, quiz√° tres, pero no m√°s. Total, yo reci√©n estaba aprendiendo a pescar mientras que √©l ya era todo un experto, que hab√≠a intervenido en campeonatos de caza submarina y todo. De nada val√≠an mis reclamos, el auditorio no estaba dispuesto a escucharme. En todo caso, era su palabra contra la m√≠a, y por ese lado yo sal√≠a perdiendo. Yo aduc√≠a haber encontrado y fijado el sitio, sin lo cual la corriente no nos hubiese permitido lograr una pesca de esas dimensiones. El alegre y bullanguero grupo ni se dignaba escucharme y se dirigi√≥ hacia el campamento, casi llevando a Gonzalo en hombros, mientras yo atr√°s, rumiando mi c√≥lera, los segu√≠a cansado, frustrado y totalmente derrotado. Hab√≠a vuelto a la realidad de este mundo injusto.

Al llegar al campamento contrataron a una se√Īora para limpiar el pescado. Se abrieron las cervezas y el grupo ya comenzaba a celebrar ruidosamente cuando uno de los pescadores de la caleta que hab√≠an venido a curiosear, dijo en voz alta que le parec√≠a raro que los pescados mas grandes tuvieran marcas de tridente y no de varilla simple, que era la que usaba Gonzalo!!! Fue mi reivindicaci√≥n total, pues al hacer la ‚Äúautopsia‚ÄĚ detallada result√≥ que tanto el impostor como yo hab√≠amos cazado igual n√ļmero de peces (excluyendo los lenguados) pero con la ventaja a mi favor de haber agarrado los m√°s grandes. El dulce sabor de la gloria lo siento incluso ahora, treinta a√Īos despu√©s. Mu√©rete Esopo (a√Īos despu√©s conoc√≠ casualmente a un compa√Īero de trabajo de Gonzalo, que me cont√≥ que en la oficina lo conoc√≠an como ‚ÄúEsopo‚ÄĚ, por las f√°bulas sobre pesca que contaba...). Y eso es todo.

Después de esa experiencia no volví a ser el mismo de antes. Tuve la gran suerte de haber sido uno de los elegidos a quienes se les concede el don de conocer cabalmente su sitio y su misión en esta vida. En mi caso ésta es estar dentro del mar y disfrutarlo. Todo lo demás es secundario, circunstancial, temporal, pasajero, importante sólo en lo que contribuya a hacer posible el objetivo principal. Desde entonces, pasé de ser un simple y vulgar Homo sapiens a ser el nuevo Homo delfinicus, o sea, el ser acuático y superior al que evolucionará el hombre en el futuro, y en el presente para los elegidos. Ahora que me elevo por encima del mundo de los seres terrestres, podré condescender a compartir su estrechez y miseria, caminar sobre él, comer, amar, sufrir, etc., pero sólo en apariencia. Mi medio natural es otro, superior física y espiritualmente, y a él me debo por completo...

Willy Hermoza S. (Norte de lima, Per√ļ, 1970-1980)



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De: lapescasubmarina
Autor: Willy Hermoza S.
E-Mail: Enviar E-Mail
AŮadido: Septiembre 28, 2006
Modificado: Septiembre 28, 2006
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poleman hace este comentario:
que cabron el gonzalo ese, eso no se hace aun compa√Īero de pesca. Megusto mucho tu relato, muy bien desarrollado, enhorabuena

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